Oh, Dios, yo…
Acabo de leerlo todo y aún no puedo creerlo, aún no puedo creer todo lo que hay escrito en éstas páginas dirigidas a usted, doctor Thomas. Me cuesta aceptar que todo esto sea verdad, que todas estas cosas hayan ocurrido delante de mí, justo ante mis narices, y no haya sido capaz de darme cuenta, ni en el peor de los momentos.
¿Cómo he podido estar tan ciega?
Y, ahora, por mi culpa, por no haber indagado sobre lo que estaba pasando a mi alrededor, Jakob está muerto.
Lo encontré hace dos días, encerrado en el sótano y con la cabeza ladeada, cayéndole sobre el hombro, totalmente destrozada por un disparo a quemarropa. El olor a pelo quemado aún perduraba en el ambiente. Restos de sangre, huesos y carne se esparcían por el suelo, por las paredes, y hasta por el techo.
Todo apuntaba a que había sido un suicidio, puesto que el arma con la que se había producido el disparo estaba en la mano derecha de Jakob, la cual había quedado impregnada de residuos de pólvora. Uno de los detalles que más llamó mi atención, fue que aún rodeaba firmemente el gatillo con su dedo índice.
Yo misma creí que él se había arrebatado la vida voluntariamente.
¿Qué demonios iba yo a creer después de todo?
Lo había visto perder la cabeza poco a poco, lo había visto perder el rumbo, perder el control absoluto de la situación. Desaparecía de casa siempre que podía, sin dar ninguna explicación coherente, ni mucho menos creíble, para qué mentir. Y todo empeoró cuando dejó de ducharse, de afeitarse, de arreglarse en general. Llegué a pensar que mi marido había sido secuestrado y lo habían suplantado por un vagabundo idéntico a él físicamente. Pero, no, todo era por aquellos problemas mentales que le estaban corrompiendo. Se estaba volviendo loco, completamente loco, estaba psicótico perdido, se derrumbaba lentamente, se consumía ante mis ojos y yo no podía hacer nada por él.
No dejaba que hiciese nada por él.
Aunque, la verdad, todo aquello ya era irrelevante, a fin de cuentas, ya estaba muerto…
Y yo morí con él, junto a él, sentí como mi propia vida terminaba en el instante en el que lo vi, en el instante en el que vi su cadáver.
Había perdido todo ánimo para continuar, para luchar y seguir adelante.
Intenté aguantar las lágrimas, pero no pude, y rompí a llorar. Lloré como una niña, abrazándolo fuertemente, apoyando su cuerpo inerte y sin vida sobre el mío, manchándome la ropa con su sangre, ya prácticamente seca. Le pedía que despertara, le pedía que no me abandonase, le pedía que me despertase de aquella pesadilla…
Grité tan fuerte como pude gritar, tan fuerte como me permitieron las cuerdas vocales. Las paredes del sótano retumbaron ante aquel estruendo. Solté a Jakob y, alejándome unos pasos de él, me limité a mirarlo entre débiles sollozos.
Simplemente, lo miraba.
Y fue entonces cuando encontré aquel sobre. Estaba sobre la única mesa que había en aquel lugar, aún sin cerrar, y salpicado por un par de gotas de sangre. La dirección del destinatario era la suya, Doctor Thomas, aunque eso ya lo sabrá usted de sobra.
Lo alcancé, saqué el montón de folios y leí todo aquello que había escrito antes de apretar el gatillo. Al principio pensé que se trataba de una carta de suicidio, pero, después de leerla, yo… Todo era demasiado desconcertante, parecía ser obra de un aficionado a la literatura de terror y misterio, pero, no, aquella era la letra de Jakob, tan desbaratada y sucia como siempre, prácticamente indescifrable para cualquiera que no la hubiese leído antes. Poco a poco, mientras leía y releía cada palabra, fui atando cabos, recordando cada momento que él había descrito desde mi punto de vista, tratando de ponerme en su lugar, de ponerme en su situación mientras describía todos aquellos horrores…
Nunca en mi vida me había sentido tan avergonzada, tan impotente, tan estúpida, tan desquiciada, tan rencorosa, tan vengativa. Debí haberme dado cuenta cuando él estaba vivo, debí haber arrancado de cuajo la venda que me cegaba, debí haberme dado cuenta de todo aquello que estaba aconteciendo…
El Diablo jugó con mi marido cuanto pudo jugar, y después lo torturó y lo asesinó. Obligó a mi marido a pegarse un tiro en la sien, así que lo asesinó. Quizá no con sus propias manos, pero, sí, el Diablo lo asesinó. Ese maldito bastardo, ese monstruo, esa aberración infernal… Incluso hizo que me viese morir. Jakob me vio morir aquel día en el salón, el día en el que pensé que comenzaron a reaparecer sus problemas psicológicos.
Me ha sido muy difícil asimilarlo, pero lo he hecho, lo he asimilado.
Y casi me vuelvo loca al hacerlo.
Tal y como le pasó a Jakob.
El Diablo.
El Diablo.
El Diablo.
Él ha destrozado mi vida.
Me ha arrebatado todo cuanto quise.
Me ha arrebatado al único amor de mi vida.
Pero va a pagarlo.
Va a pagarlo con su propia vida.
Comprenderá que ya no es necesaria su ayuda, doctor Thomas, ya sé que mi marido le suplicó que viniese a ayudarme, pero, no es necesario que lo haga. No, en unos minutos, toda esta historia habrá terminado, en apenas cinco minutos, pondré punto y final a todo esto. Voy a vengar a Jakob, en cuanto envíe esta carta, voy a vengar su muerte, voy a hacer que ese maldito esbirro del mal lamente haber exprimido a mi marido hasta que ya no pudo sacarle más jugo, hasta que ya no pudo divertirse más con él. Lo planeó todo de forma perfecta, dejó que terminase la carta y después hizo que se suicidase, esperando a que yo descubriese la escena y…
Sí, el cree que ahora me toca a mí.
Bueno, eso demuestra que hasta el Diablo se equivoca, que hasta el Diablo comete errores.
Solo lamento no haberme dado cuenta antes, si hubiese sido así, ahora mismo tendría a Jake junto a mí, estaría vivo, estaría a mi lado…
Aunque eso no importa, pronto me reuniré con él, cuando todo esto haya terminado, podremos estar juntos de nuevo.
Juntos.
Juntos para siempre.
Gracias por todo, doctor Thomas.
Si no hubiese sido por usted, no habría conocido jamás a Jakob Gillen, sin duda, lo mejor que ha pasado en mi vida.
De verdad, muchísimas gracias.
Le deseo lo mejor.
Un cálido y fuerte abrazo,
Lillith Gillen
15 de Noviembre de 1996


