domingo 29 de noviembre de 2009

"Edward Francis Gillen" (Epílogo) (Parte I)


Oh, Dios, yo…

Acabo de leerlo todo y aún no puedo creerlo, aún no puedo creer todo lo que hay escrito en éstas páginas dirigidas a usted, doctor Thomas. Me cuesta aceptar que todo esto sea verdad, que todas estas cosas hayan ocurrido delante de mí, justo ante mis narices, y no haya sido capaz de darme cuenta, ni en el peor de los momentos.
¿Cómo he podido estar tan ciega?

Y, ahora, por mi culpa, por no haber indagado sobre lo que estaba pasando a mi alrededor, Jakob está muerto.
Lo encontré hace dos días, encerrado en el sótano y con la cabeza ladeada, cayéndole sobre el hombro, totalmente destrozada por un disparo a quemarropa. El olor a pelo quemado aún perduraba en el ambiente. Restos de sangre, huesos y carne se esparcían por el suelo, por las paredes, y hasta por el techo.

Todo apuntaba a que había sido un suicidio, puesto que el arma con la que se había producido el disparo estaba en la mano derecha de Jakob, la cual había quedado impregnada de residuos de pólvora. Uno de los detalles que más llamó mi atención, fue que aún rodeaba firmemente el gatillo con su dedo índice.

Yo misma creí que él se había arrebatado la vida voluntariamente.
¿Qué demonios iba yo a creer después de todo?

Lo había visto perder la cabeza poco a poco, lo había visto perder el rumbo, perder el control absoluto de la situación. Desaparecía de casa siempre que podía, sin dar ninguna explicación coherente, ni mucho menos creíble, para qué mentir. Y todo empeoró cuando dejó de ducharse, de afeitarse, de arreglarse en general. Llegué a pensar que mi marido había sido secuestrado y lo habían suplantado por un vagabundo idéntico a él físicamente. Pero, no, todo era por aquellos problemas mentales que le estaban corrompiendo. Se estaba volviendo loco, completamente loco, estaba psicótico perdido, se derrumbaba lentamente, se consumía ante mis ojos y yo no podía hacer nada por él.

No dejaba que hiciese nada por él.

Aunque, la verdad, todo aquello ya era irrelevante, a fin de cuentas, ya estaba muerto…
Y yo morí con él, junto a él, sentí como mi propia vida terminaba en el instante en el que lo vi, en el instante en el que vi su cadáver.
Había perdido todo ánimo para continuar, para luchar y seguir adelante.
Intenté aguantar las lágrimas, pero no pude, y rompí a llorar. Lloré como una niña, abrazándolo fuertemente, apoyando su cuerpo inerte y sin vida sobre el mío, manchándome la ropa con su sangre, ya prácticamente seca. Le pedía que despertara, le pedía que no me abandonase, le pedía que me despertase de aquella pesadilla…

Grité tan fuerte como pude gritar, tan fuerte como me permitieron las cuerdas vocales. Las paredes del sótano retumbaron ante aquel estruendo. Solté a Jakob y, alejándome unos pasos de él, me limité a mirarlo entre débiles sollozos.

Simplemente, lo miraba.

Y fue entonces cuando encontré aquel sobre. Estaba sobre la única mesa que había en aquel lugar, aún sin cerrar, y salpicado por un par de gotas de sangre. La dirección del destinatario era la suya, Doctor Thomas, aunque eso ya lo sabrá usted de sobra.

Lo alcancé, saqué el montón de folios y leí todo aquello que había escrito antes de apretar el gatillo. Al principio pensé que se trataba de una carta de suicidio, pero, después de leerla, yo… Todo era demasiado desconcertante, parecía ser obra de un aficionado a la literatura de terror y misterio, pero, no, aquella era la letra de Jakob, tan desbaratada y sucia como siempre, prácticamente indescifrable para cualquiera que no la hubiese leído antes. Poco a poco, mientras leía y releía cada palabra, fui atando cabos, recordando cada momento que él había descrito desde mi punto de vista, tratando de ponerme en su lugar, de ponerme en su situación mientras describía todos aquellos horrores…

Nunca en mi vida me había sentido tan avergonzada, tan impotente, tan estúpida, tan desquiciada, tan rencorosa, tan vengativa. Debí haberme dado cuenta cuando él estaba vivo, debí haber arrancado de cuajo la venda que me cegaba, debí haberme dado cuenta de todo aquello que estaba aconteciendo…

El Diablo jugó con mi marido cuanto pudo jugar, y después lo torturó y lo asesinó. Obligó a mi marido a pegarse un tiro en la sien, así que lo asesinó. Quizá no con sus propias manos, pero, sí, el Diablo lo asesinó. Ese maldito bastardo, ese monstruo, esa aberración infernal… Incluso hizo que me viese morir. Jakob me vio morir aquel día en el salón, el día en el que pensé que comenzaron a reaparecer sus problemas psicológicos.

Me ha sido muy difícil asimilarlo, pero lo he hecho, lo he asimilado.
Y casi me vuelvo loca al hacerlo.
Tal y como le pasó a Jakob.

El Diablo.
El Diablo.
El Diablo.

Él ha destrozado  mi vida.
Me ha arrebatado todo cuanto quise.
Me ha arrebatado al único amor de mi vida.
Pero va a pagarlo.
Va a pagarlo con su propia vida.

Comprenderá que ya no es necesaria su ayuda, doctor Thomas, ya sé que mi marido le suplicó que viniese a ayudarme, pero, no es necesario que lo haga. No, en unos minutos, toda esta historia habrá terminado, en apenas cinco minutos, pondré punto y final a todo esto. Voy a vengar a Jakob, en cuanto envíe esta carta, voy a vengar su muerte, voy a hacer que ese maldito esbirro del mal lamente haber exprimido a mi marido hasta que ya no pudo sacarle más jugo, hasta que ya no pudo divertirse más con él. Lo planeó todo de forma perfecta,  dejó que terminase la carta y después hizo que se suicidase, esperando a que yo descubriese la escena y…

Sí, el cree que ahora me toca a mí.
Bueno, eso demuestra que hasta el Diablo se equivoca, que hasta el Diablo comete errores.

Solo lamento no haberme dado cuenta antes, si hubiese sido así, ahora mismo tendría a Jake junto a mí, estaría vivo, estaría a mi lado…

Aunque eso no importa, pronto me reuniré con él, cuando todo esto haya terminado, podremos estar juntos de nuevo.

Juntos.
Juntos para siempre.

Gracias por todo, doctor Thomas.
Si no hubiese sido por usted, no habría conocido jamás a Jakob Gillen, sin duda, lo mejor que ha pasado en mi vida.
De verdad, muchísimas gracias.
Le deseo lo mejor.

Un cálido y fuerte abrazo, 

Lillith Gillen
15 de Noviembre de 1996

viernes 20 de noviembre de 2009

"Edward Francis Gillen" (Parte VIII)


Abrió y cerró las fauces con crueldad, emitiendo sonoros chasquidos con sus dientes. Respondiendo a esa señal, Paxton llevó el cigarrillo a sus labios, dio una última calada y lo lanzó al suelo. Mientras lo apagaba con la punta de la bota, llevó la mano hacia la boca de la criatura que sostenía con su brazo izquierdo.
Un sonoro crujido hizo que mis ojos se abriesen al máximo, mientras la sangre me salpicaba la cara.

El Diablo había amputado la mano y gran parte del antebrazo de Paxton con un solo bocado. Oía como la piel y los tejidos musculares se desgarraban entre sus dientes, como los huesos se reducían a polvo cuando los masticaba, y, sobre todo, como relamía la sangre que se quedaba entre sus dientes, en sus encías y, sobre todo, la que chorreaba por sus labios.
Completamente horrorizado, cerré los ojos tan rápido como pude y grité con todas mis fuerzas, tratando de que aquella pesadilla terminase, de alejar aquellas visiones y recuperar el control sobre mis actos.

Cuando volví a abrirlos, volvía a estar en la habitación de matrimonio, con revólver aún contra mi sien. Lentamente, lo desamartillé una vez más y, aún con los dedos agarrotados y los brazos tan rígidos como gruesas vigas de hierro, lo guardé en el cajón del que lo había sacado. Aquella escena había sido tan real, tan vívida… Me estaba costando aceptar que solo había sido un juego mental del Diablo, Dios, había estado a punto de volarme los sesos, ¿cómo iba a ser solo eso, una escena mental?
De nuevo, volví a perder la claridad en los pensamientos y, con ello los estribos.
La cara me picaba una barbaridad, así que me llevé la mano hacia ella para rascármela, y, ¿sabe lo que me estaba recorriendo lentamente los dedos, doctor Thomas, sabe qué?

Sangre.
La sangre que me había salpicado cuando el Diablo amputó el brazo de Paxton con una sola dentellada.
Corrí hacia la cuna y me asomé por encima de ella.
El pequeño Ed dormía, con la boca y la pechera completamente empapadas en sangre.
Y continuaba sonriendo.
Sonreía en sueños, recordando todo lo que acaba de acontecer.

Ahí tiene la prueba, doctor, ahí la tiene, yo NO ESTOY LOCO, no, no lo estoy.
No estoy loco.

En aquel momento, me desmayé, supongo que por tanta tensión acumulada en el cuerpo, por la falta de sueño y por el desfallecimiento provocado por no haber comido nada en días, en fin, solo sé que me desmayé.

Cuando desperté, estaba tumbado en la cama, con Lillith sentada a mi lado, apretando fuertemente mi mano izquierda. A mi derecha, un médico de urgencias me tomaba la tensión y la temperatura al mismo tiempo. Les dije que me encontraba bien, que no tenían que preocuparse, que debía haber sido cosa de falta de sueño, algo sin importancia. Forcejeé para incorporarme, apoyando mi espalda en el cabecero.
El médico no encontró nada anómalo en mí, cosa extraña, la verdad. Tan sólo la tensión un poco elevada, pero, nada más.
Durante un buen rato, los dos me miraron inquisitivamente, quizás esperando alguna explicación sobre lo que me había ocurrido en la habitación.
Les dediqué una sonrisa tímida, y fijé la vista en mis manos, como si fuesen lo más apasionante que había visto en mi vida.
Minutos después, dado que no consiguieron nada más por mi parte, Lillith lo acompañaba hacia la puerta, puesto que ya se marchaba.

Pero, había algo que no cuadraba, mi mano estaba impoluta, no había ni rastro de la sangre. Volví a llevármela al rostro, para descubrir que se encontraba en el mismo estado.
Limpio, como una patena.
Y no podían haberlo hecho Lillith o el médico, no, estaba completamente seguro de ello.

Aprovechando el pequeño margen de tiempo que tenía, me escabullí rápidamente de la cama y volví a asomarme a la cuna. El bebé seguía estando allí, sí, pero, tal y como había imaginado y, sobre todo, temido, no había rastro de la sangre.
Como mi mano y mi cara, estaba completamente limpio.
Y despierto.
Me miraba con gran admiración, mezclada con un deje de mofa. Alzó su diminuta mano derecha y formó una pistola con sus dedos índice y pulgar, se la llevó hacia la sien y…
Abrió su boca, emitiendo un sonido gutural, mientras bajaba su dedo pulgar hacia el índice, simulando un disparo. Sentí que mis piernas se convertían en gelatina, y, caminando de espaldas y a tientas, volví a la cama, sabiendo que nunca más iba a poder dormir en ella.

Y, de hecho, eso pasa actualmente, doctor Thomas.
Desde aquel día, no duermo, cuando me acuesto en la cama siento como sus ojos se clavan en mi nuca, y lo oigo imitar sonidos de disparos durante horas, durante largas e interminables horas…

Me somete a torturas psicológicas las veinticuatro horas del día, y no puedo hacer más que soportar con las pocas fuerzas que me quedan, las cuales se agotarán pronto.
Muy pronto, me temo.

Ya apenas pruebo bocado, haga lo que haga, no puedo, acabo vomitándolo al poco rato de habérmelo comido.
Por no hablar de que tampoco no me afeito, no me aseo, no me peino…
Lo veo completamente inútil, al fin y al cabo, tengo los días contados.
Lillith cada día está más desesperada. Es perfectamente normal y comprensible que esté así, viendo que su marido se ha convertido en poco más que un desquiciado con pinta de vagabundo. Yo también me desesperaría si estuviese en su lugar.
Así que, para evitar conflictos con ella, paso la mayor parte del tiempo en el sótano de mi casa, que es el lugar desde el cual le escribo esta carta.

Seguramente, el Diablo ya conozca la existencia de este escondite, si no, pronto lo descubrirá. Me vigila durante todo el día, repasa todos y cada uno de mis movimientos, sin perder un solo detalle. Casi siempre que me ataca, me envía de nuevo al orfanato, el sabe que lo considero el Infierno, que no hay lugar que me provoque mas pesadillas que ese agujero inmundo infestado de maldad y odio.

Y, además, es el Diablo.
¿Qué territorio conoce mejor el Diablo que el mismísimo Infierno?
Al fin y al cabo, son sus dominios personales.

En fin, no quiero excederme, solo quiero darle las gracias una vez más por haber sido la persona que consiguió liberarme de las cadenas del pasado. Así que, de nuevo le doy las gracias, quizás por última vez en mi vida.
Por último, le diré que necesito que ayude a Lillith a terminar con todo esto, que acabe con el Diablo y la ayude a huir lejos, muy lejos de aquí. Poco ya me sirve a mí que usted se disponga  a hacer eso, que usted vaya a terminar con el mal que se ha apoderado de mi hogar y mi familia, probablemente esté muerto antes de que usted reciba esta carta. Pero debe ayudar a Lillith, se lo suplico, es la persona que más quiero en este mundo, la única persona a la que he amado y amaré, y la única persona por la cual entregaría mi vida.

Y eso voy a hacer, voy a entregar mi vida por ella.

Lamento mucho haberme explayado tanto con esta historia, solo le pido que, por favor, venga y termine usted con esta pesadilla. Dejo el revólver en el lugar que le he descrito previamente en la carta. Utilícelo sin pensárselo dos veces. No debe darle tiempo para reaccionar, ni siquiera un instante, simplemente, dispare, dispare directamente a su pequeño cráneo, y después coja a Lillith y llévesela lo más lejos posible de este lugar.

Solo usted puede terminar con todo esto, solo usted puede mandar al Diablo de vuelta al Infierno.

Debe hacerlo, debe matar a ese maldito bebé.

Debe salvar a Lillith, por favor, debe salvarla.
Sálvela.
Sálvela.
Sálvela…

Jakob Gillen.
12 de Noviembre de 1996


Post Data: El Diablo está cerca, puedo oírlo acercarse. No me queda mucho tiempo. Le suplico de nuevo que trate de evitar que Lillith corra la misma suerte que yo voy a correr. Por favor, hágalo lo antes posible, no hay tiempo que perder.

lunes 16 de noviembre de 2009

"Edward Francis Gillen" (Parte VII)


Gotas de sudor resbalaban por mi frente.
¿Por qué demonios no podía disparar? No debía dudar, un par de segundos bastarían para que el Diablo contraatacase. Y, sin embargo, no podía dispararle. Sencillamente, no podía.
Un millar de voces gritaban dentro de mi cabeza, haciendo vibrar mis tímpanos.

«¡HAZLO! ¡HAZLO! ¡HAZLO! ¡HAZLO! ¡HAZLO!»

Desamartillé el arma, no quería volarme un pie en pedazos por culpa del ataque de nervios que comenzaba a invadirme. Agité la cabeza de lado a lado, tratando de despejarme, me sequé el sudor con el antebrazo y relajé la tensión que se había acumulado desde mis hombros hasta mis manos. Inspiré y expiré profunda y lentamente durante diez o quince segundos, aunque quizá fueron veinte, la verdad, ya había perdido la noción del tiempo. Volví a empuñar el arma y, amartillándola mientras la alzaba, volví a alinear el cañón con la cabeza de mi hijo.

En aquel instante, supe que había metido la pata hasta el fondo, puesto que la realidad había vuelto a distorsionarse y la habitación a mí alrededor se había desfigurado hasta convertirse en otra totalmente distinta.

Me hallaba en medio de una estancia fría y sórdida. Todo a mí alrededor despedía un olor nauseabundo que se adhería a las paredes de mis fosas nasales.

Las paredes estaban recubiertas de papel oscuro y enmohecido, rasgado y arrancado en la mayoría de los rincones. El suelo era pegajoso y estaba plagado de manchas de orín y sangre, colillas y restos de comida en estado de descomposición. La iluminación era ínfima, tan solo un par de rayos de sol se filtraban por una única ventana situada frente a mí, flanqueada por una verja de hierro vieja y oxidada., con los vidrios tan sucios que me resultaba imposible echar un vistazo al paisaje exterior.
En el rincón más oscuro de todos y pegado contra la pared reposaba un ridículo camastro, tan viejo y oxidado como la verja situada en la ventana. Sobre él, un colchón ennegrecido y delgado, con sábanas raídas y harapientas. En el suelo, al lado de las patas traseras, había una almohada, con un color entre amarillento y grisáceo, totalmente impregnada por la suciedad que reinaba en el lugar sobre el que descansaba.

Sabía dónde estaba, por supuesto que lo sabía.
Aquella fue mi habitación durante todo el tiempo que estuve recluido en aquel agujero infernal al que llamaban orfanato.
Jamás podría olvidar aquel lugar. Volver a él me resultaba tan doloroso que apenas podía contener las lágrimas. Me llevé las dos manos a la frente, debía conservar el poco raciocinio que pudiese quedarme, debía mantenerme despierto y alerta, sin pensar siquiera en bajar la guardia.

Pero, fue inútil, la desesperación me envolvió completamente cuando oí como una puerta se abría a mi espalda. Me giré con determinación, blandí el revólver y apunté a tientas hacia el lugar donde se había producido el sonido, hacia la única puerta que había en aquel mugriento nido de infecciones, por la que ahora mismo estaban entrando cinco jóvenes uniformados cuyos fuertes pasos hacían crujir la madera bajo sus pies. Se colocaron en línea, a un par de metros de mi posición. Los reconocí casi de inmediato, todos ellos habían sido monitores en aquel mismo orfanato, pero no recordaba ninguno de sus nombres. Gracias a usted, doctor, había logrado olvidarlos.

Durante un par de interminables minutos, no hicimos más que mirarnos.
Yo dirigía el cañón del arma hacia cada uno de los presentes, evitando así que se abalanzasen sobre mí, aunque no parecía ser esa su intención. Parecían petrificados.
Solo me miraban.
Tan solo eso.
Una sexta figura apareció entonces, caminando hacia todos los presentes, los cuales le hicieron hueco de inmediato. No alcancé a distinguir más que la silueta del sexto individuo hasta que lo tuve a menos de tres pasos de distancia.
Jamás podría olvidar su nombre.

Al darme cuenta de quién era, las manos comenzaron a temblarme y los dedos se me agarrotaron alrededor de la culata con acabado de madera. Me resultaba imposible continuar sosteniendo el arma, y, a su vez, me resultaba imposible soltarla.

Aquel era Jonathan Paxton, el jefe de monitores del orfanato.
El hombre más cruel que jamás haya conocido, el hombre que me torturó durante toda la infancia, el hombre al que más había temido en toda mi vida, estaba fumándose su acostumbrado cigarrillo ante mis ojos.Con su brazo izquierdo sostenía el cuerpo de un precioso bebé con unas horrendas fauces capaces de machacar todo un cuerpo humano  sin necesidad de esforzarse lo más mínimo.

Paxton, mi némesis en el pasado.
El Diablo, mi némesis en el presente.
Lo lógico en esta situación hubiese sido pensar que ya podía ir olvidándome de mi futuro.
Y, eso hice.

Siete pares de ojos se clavaban en los míos, siete pares de ojos verdes grisáceos, tan fríos que solo el contacto visual con ellos me helaba completamente la sangre.
Todas aquellas miradas, presagiando la muerte de su único rival, solo e indefenso, incapaz de realizar un solo disparo contra cualquiera de ellos.

Incapaz de controlarme, me erguí y bajé el arma. Sosteniendo el impoluto revólver plateado con la mano derecha, di dos pasos hacia Paxton y el Diablo. Los miré fijamente, primero a uno, luego al otro, y después dirigí el arma hacia mi cabeza, con la inscripción “SEE YOU IN HELL!” grabada a lo largo del cañón apuntando directamente hacia mi sien, dispuesto a reducir mi cerebro a mil pedazos.

No sabía bien que estaba ocurriendo, no era consciente de la gravedad de aquello que me disponía a hacer, de hecho, no era consciente de nada. No era yo quien hacía esas cosas, no, yo había perdido el control sobre mi cuerpo desde que mis dos némesis habían entrado en la habitación. El Diablo controlaba ahora cada uno de mis movimientos, saboreando cada momento, haciendo que la escena se desarrollase lo más despacio posible.

La felicidad lo invadía, sí, definitivamente, él había ganado la partida...

jueves 12 de noviembre de 2009

"Edward Francis Gillen" (Parte VI)


Los días pasaban lentos, los segundos se convertían en horas, y nada parecía estar mejorando en absoluto, más bien al contrario. Salía de casa y me ausentaba el mayor tiempo posible, aprovechando cualquier llamada o utilizando cualquier pretexto. Nada conseguía tranquilizarme tanto como coger el todoterreno y alejarme todo lo que podía de la maldición que me estaba consumiendo lentamente, encarnada en el cuerpo de un simple, pequeño y frágil bebé.

Muchos días acudía al bufete, pese a no haber aceptado ninguno de los casos que me habían ofrecido, no estaba lo suficientemente lúcido como para trabajar en la causa de otras personas, teniendo en cuenta el hecho de que ni siquiera podía trabajar en mi propia causa.
Estaba perdiendo los estribos, no sabía que dirección tomar, no sabía que podía hacer para acabar con aquella pesadilla.
Como si de una partida de ajedrez se tratase, solo podía intentar anticiparme a los movimientos que realizaría el Diablo en mi contra. Pero me resultaba imposible, apenas bajaba la guardia un par de segundos, y todas las piezas del tablero estaban en su poder.
Estaba a su merced, solo podía huir, huir todo el tiempo que pudiese permitirme y tratar de evitar su presencia.

Pero no podía abandonar a Lillith.
Si no fuese por ella, ya habría abandonado toda esperanza y me habría ido a vivir a cualquier otro lugar, poniendo tanta tierra de por medio como fuese necesario.
Pero no, no podía abandonarla a su suerte, no podía condenarla a sufrir los tormentos por los que yo estaba pasando.

Ingenuo de mí, en aquellos momentos pensaba que hallaría una solución, que encontraría el modo de hacer que las cosas volviesen a ser como antes, de hacer volver las aguas a su cauce, y poder ser felices de nuevo, como fuimos antes de que aquella criatura llegase al mundo.

En uno de mis largos trayectos hacia los pueblecitos colindantes de la zona, donde solía ir cuando no tenía otro sitio adonde ir, pero sí la necesidad de de escapar de los lares de mi “amado hogar”, recibí una llamada de mi mujer, pidiéndome que, por favor, volviese a casa. Aquello hizo que el poco ánimo que había logrado recuperar durante el rato que llevaba fuera cayese directamente a las suelas de mis zapatos. Pero, no podía hacer otra cosa que volver, así que, colgué el teléfono y me dirigí de nuevo hacia los límites de mi pesadilla.
Deshice toda la ruta que había recorrido, aparqué el todoterreno en el garaje y, cargando mis pulmones con todo el oxígeno que pude inspirar, abrí la puerta de la casa y entré en ella.
Lillith estaba allí, con el bolso colgando del brazo. Me pidió las llaves del todoterreno, me besó y salió por la puerta, diciendo que iba a comprar pañales para el bebé, que se nos estaban terminando las reservas y que, ya de paso, tomaría un rato el aire.

«¡Cuida del pequeño Ed hasta que vuelva!», dijo antes de cerrar la puerta.

En aquel momento, no sentí miedo. No, acababa de tener una idea brillante.
Claro que cuidaría de él, claro que lo haría. Pero, eso sí, lo haría por última vez.
Iba a terminar con todo aquello, de una vez por todas.
Iba a terminar con el terror, con el pánico, con el sufrimiento.
Para siempre.

Me dirigía a la habitación de matrimonio con paso firme y sin demora. Allí estaba la cuna, con el bebé dentro de ella. Probablemente, el Diablo ya sabía que yo me encontraba allí, junto a él, así que tenía los minutos contados para realizar mi movimiento en el tablero de juego. Y, lógicamente, no iba a dejar que  él se anticipase. Abrí el cajón de mi mesita de noche, rebusqué entre mi ropa interior y, tal y como esperaba y, en cierto modo, deseaba, sentí el frío del metal contra la palma de mi mano.
No pude evitar esbozar una sonrisa.
Sonreía con felicidad.
Después de tanto tiempo, había vuelto a sonreír, ya que acababa de encontrar la clave que me otorgaría la victoria y, con ella, la libertad.

Y mi sonrisa se acrecentó aún más cuando examiné el revólver que sostenía entre mis manos, un Smith & Wesson de calibre .38, completamente nuevo y con el tambor repleto de munición.
En mi vida había disparado uno de aquellos, en realidad, en mi vida había disparado un arma. No tenía ni permisos ni licencias que me permitiesen tenerla en el cajón de mi mesilla de noche, ni mucho menos para hacer uso consciente y lícito de ella.
¿Todo esto suena raro, verdad, doctor?

Lo cierto es que aquel arma era de mi compañero Michael Crane, se ofreció a prestármela antes de que el bebé naciera. Por aquellas fechas, se habían producido varios robos en la zona, la verdad es que los suficientes como para preocuparse de verdad sobre el tema. Incrementaron la vigilancia de todas las casas, pero, así y todo, no me sentía seguro. Así que cambié las viejas cerraduras por cerraduras blindadas y aseguré las ventanas con rejas de hierro. Aquello, sumado al sistema de alarma que ya teníamos contratado, debía bastar para mantener a raya a todos aquellos rateros. Pero, a pesar de todo, no lograba sentirme seguro. Mike se ofreció a dejarme el revólver durante una de las comidas en el bufete, mientras charlábamos sobre el tema y le exponía mi situación. Dijo que con él podría proteger a mi mujer y a mi futuro hijo cuando naciese de cualquier amenaza que se presentase.

«¡Mejor estar preparados, nunca se sabe lo que puede pasar! Además, nadie te asegura que esos cerdos no vayan armados, ¿verdad?», argumentó Mike, con la boca llena de mousse de queso con arándanos.

Para que mentir, me convenció, ¡y tanto que me convenció!
Ese mismo día lo acompañé a casa cuando salimos del trabajo.
Y ese mismo día volví a casa con el arma guardada a buen recaudo en mi maletín. No la había tenido entre mis manos desde aquel día.
Pero, Dios sabe que si en aquel momento la empuñaba era por una causa mayor, era una necesidad total.
Amartillé el arma lentamente, haciendo retroceder el percutor con el pulgar. Una suerte de crujido sonó en la habitación, inundándome de valor. Di un par de pasos hasta llegar a la cuna y alcé el arma, apuntando directamente a la cabeza de la criatura que, en aquellos momentos, dormía en ella.
Podía ser la encarnación del Diablo, pero su cuerpo no dejaba de ser el de un simple, pequeño y frágil bebé.
Y ningún bebé es capaz de sobrevivir a un disparo directo al cráneo a quemarropa.

Irónico, ¿no cree, doctor Thomas?
Después de todo, Mike me había dejado el arma para proteger a mi hijo. Y ahora iba a utilizarla para segar su vida, y poder al fin terminar con toda esta historia horrible.

«Fin», pensé en aquel momento, dejando que mis manos se relajasen, y preparándome para apretar el gatillo.

miércoles 28 de octubre de 2009

"Edward Francis Gillen" (Parte V)


Un fuerte pinchazo me atravesó el torso por completo, como si me hubiesen clavado una vieja lanza astillada en el corazón. Me lleve una mano al pecho, tratando de frenar el dolor que sentía.
La cabeza me daba vueltas, la habitación comenzó a girar sin control en torno a mí. Pronto acabaría desmayándome, y quedaría a merced del Diablo, probablemente sufriría el mismo final que había sufrido Lillith, solo que yo estaría inconsciente y no sentiría nada en absoluto…
Una voz comenzó a retumbar en mis tímpanos, sonaba lejana, turbia. Me resultaba imposible descifrar quien era el dueño, no podía distinguir el tono, ni mucho menos las palabras que repetía una, otra y otra vez.

Mis oídos retumbaban.
Una niebla parecía cubrir toda la atmósfera a mi alrededor.
Hasta el momento en que el volumen ascendió y logré a distinguir aquellos gritos.
Gritaban mi nombre.
Mi mujer gritaba mi nombre.
Pero aquello era imposible, ella estaba muerta. Tenía su cadáver ante mí, su cuerpo inerte reposaba en una butaca que estaba situada a pocos metros de donde me encontraba. Bastaba con mirar al frente para comprobarlo.
Y, aquello hice, volví a mirar a la butaca, y…

Lillith estaba sentada sobre ella, con su camisa desabrochada, dándole el pecho al bebé. Mostraba desconcierto y me miraba con preocupación, mientras continuaba gritando mi nombre.

Como comprenderá, doctor Thomas, aquello hizo que otro fuerte pinchazo atravesase mi esternón, casi tan fuerte como el anterior. Incluso más, me atrevería a decir.
Sí, me alegraba saber que ella estaba viva, que nada de aquello que había visto había sucedido realmente.
Pero me asustaba el hecho de verla viva de nuevo, de tenerla frente a mi absolutamente ilesa. También me asustaba ver que el bebé mostraba un aspecto totalmente normal, el aspecto que presentaba siempre, que presentaría cualquier bebé común y corriente.

¿Qué demonios había sido todo aquello? ¿Acaso lo había imaginado? ¿Acaso todo aquello había sido producto de mi mente, una simple alucinación? ¿Una escena que el terror había montado en mi subconsciente?
No, todo aquello era imposible.
No podía haberlo imaginado, no podían haber sido alucinaciones. Todo había sido demasiado real.
Alcé una mano para calmar a Lillith y callar sus gritos. El fuerte mareo que sentía pronto fue acompañado por unas terribles nauseas que me obligaron a ir directo al baño. Resistiendo las arcadas, me arrodille frente a la taza del váter y vomité entre espasmos y temblores.

Sin duda alguna, aquel día estaba resultando ser el peor día de mi vida.

Después de expulsar todo mi contenido estomacal a través de la boca, me levanté del suelo, dolorido y agotado, aún desconcertado por lo ocurrido anteriormente en la habitación. El miedo recorría cada milímetro de mi organismo, no sabía cuanto más necesitarían mi organismo para sufrir un ataque al corazón y, la verdad, no quería comprobarlo. Fui hacia la pila, observando mi rostro en el gran espejo que se situaba sobre ella.
Hasta yo mismo sentía lástima por mi aspecto.
Estaba hecho polvo.
Abrí el grifo, y, formando un cuenco con mis manos, empapé mi cara con agua caliente. Repetí el proceso un par de veces más, alcancé la toalla y me sequé suavemente.  

Lillith apareció detrás de mí con el bebé en brazos. Estaba al borde de lágrimas, me miraba como si de un momento a otro pudiese estallar en mil pedazos. Traté de tranquilizarla, le dije que todo iba bien, que no ocurría nada, que debía de estar incubando algún tipo de virus gástrico que me había provocado los mareos y las nauseas. No pareció creerme, de hecho, estoy seguro de que no me creyó en ningún momento. Aquello que le había dicho no explicaba en absoluto mi comportamiento en la habitación minutos antes, pero, tras un breve interrogatorio, aceptó mi versión de los hechos.
A regañadientes y sin creer ni una palabra, como ya he dicho, pero, así y todo, la aceptó.

Le di la espalda para volver a mirarme en el espejo, tratando de aparentar serenidad y calma.
Al observar mi reflejo, descubrí que no era el único que había decidido echarle un vistazo a aquel cristal pulido.
Lillith se dirigía hacia la puerta del baño, situada justo a mi espalda, para salir de la estancia y buscar un par de medicamentos que, dijo, me sentarían genial para el estomago.
El Diablo asomaba sobre su hombro, mostrando aquellas fauces que antes había utilizado para desgarrar el cuerpo de su madre, incluida la parte del cuerpo sobre el que ahora se estaba asomando. Sus facciones, además de ser horribles y monstruosas, se habían contorsionado y habían formado una curva sobre sus labios, enseñando todos aquellos dientes grandes y puntiagudos, desgastados, amarillentos y sucios.

El Diablo me estaba sonriendo.
Se sentía plenamente feliz.
Y seguía mostrando la misma frialdad en sus ojos, ahora tan grandes y redondos como pelotas de ping-pong, mientras se alejaba de la estancia en brazos de mi mujer.

La realidad se cernió sobre mí, descargando todo su peso sobre mis hombros, mi cuello, mi cabeza. Comprendí que todo aquello que había sucedido minutos antes no habían sido alucinaciones, ni había sido producto de mi imaginación.
No, él lo había hecho, el había matado a mi mujer.
Pero lo había hecho dentro de mi mente.
Estaba jugando conmigo, jugaba en su terreno, en mi subconsciente, estaba torturándome desde el centro de mi propio cerebro. No había ninguna manera en la que yo pudiese alzarme victorioso en aquel juego, no podía ganar de ninguna forma.
Así que, no podía hacer más que esperar a que llegase mi derrota.

Y, con ella, probablemente, mi propia muerte…

viernes 23 de octubre de 2009

"Edward Francis Gillen" (Parte IV)


Recuperé la compostura. Me levanté, aún temblando por lo sucedido minutos antes, y caí en la cuenta de que Lillith no podía ver aquel estropicio. Así que fregué el parqué de la habitación a conciencia, tan rápido como pude, evitando mirar a la cuna, ignorando por completo al bebé que dormitaba en ella, tratando de controlar mis temblores.
No se había inmutado, ni siquiera un poco, pese a que había gritado con todas mis fuerzas.
Pese a que los gritos casi habían hecho vibrar todas las paredes de la casa.
Él dormitaba tranquilo, como si todo aquello no le hubiese perturbado en absoluto.
Cuando terminé con el parqué, fui directo al baño, me desnudé y me duché con agua fría, tratando de que se me despejaran las ideas de una vez por todas. Las piernas me escocían una barbaridad allí donde me había clavado las uñas. Rasguños profundos surcaban las espinillas casi en su totalidad.

Pero aquello no me importó en absoluto, tenía cosas más importantes en las que pensar en ese momento.

No podía dejar que Lillith encontrase los pantalones empapados en orina, así que los enrollé en una toalla, planeando deshacerme de ellos después.
Me vestí con lo primero que encontré en el armario, saque uno de mis maletines, uno de los que utilizaba para guardar mis documentos de trabajo, y metí dentro la prueba a eliminar. Si todo salía bien, Lillith jamás se enteraría de lo que había ocurrido mientras ella estaba fuera.
Justo cuando terminaba de cerrar las hebillas, oí como cruzaba la puerta de entrada a la casa. Con un pretexto rápido, diciendo que me habían llamado de la oficina para firmar unos documentos y dar el visto bueno a un par de proyectos pendientes, le di un beso y, sin darle tiempo siquiera a contestar, cerré tras de mí la puerta de casa.

Me apoyé sobre ella unos instantes, recuperando el aliento, calmándome tanto como pude calmarme, y salí en dirección a los contenedores de basura. Sin parar ni un segundo, llegué frente a uno de ellos, miré en todas las direcciones en busca de algún curioso, de algún conocido que, probablemente, quisiese saber más de la cuenta si me veía sacando el pantalón envuelto en la toalla del maletín y arrojándolo después a la basura.
No había ni un alma, así que abrí mi maletín, arroje su contenido al contenedor y seguí mi camino.

No podía volver a casa, puesto que, supuestamente, me había ido al trabajo y apenas hacia cinco minutos que había salido por la puerta de casa, así que, para que la mentira se sostuviese, fui al garaje, me subí al todoterreno y estuve dando vueltas por la ciudad durante más de dos horas y media.
Realmente, con media hora, una hora a lo sumo, me hubiese bastado para volver a casa sin levantar ninguna sospecha. Pero no quería volver a casa, de hecho, en aquellos momentos era el último sitio de la Tierra al que quería volver. Habría sido mas feliz incluso si el lugar al que tenía que regresar hubiese sido el orfanato de mi infancia.
Pero tenía que volver, así que, me armé de valor, aparqué el todoterreno de nuevo en el garaje y, respirando hondo, me dirigí a la puerta de casa y la abrí, fingiendo una tranquilidad que ni mucho menos sentía realmente. Tenía los nervios de punta.

Crucé el umbral y me asomé a la habitación de matrimonio, y lo que encontré dentro hizo que el corazón se me retorciese hasta el punto de sentir que jamás volvería a latir.

Lillith yacía recostada sobre una de las butacas de nuestra habitación, con el torso completamente desnudo. Su cabeza reposaba inerte sobre uno de sus hombros, con la mirada clavada en el parque que tenía a sus pies.
No parpadeaba.
Ni siquiera respiraba.
El Diablo se hallaba sobre ella, despellejando su cuello, sus pechos, su tripa.
Estaba descuartizándola utilizando únicamente su boca.
En un momento dado, cuando arrancó un trozo de piel particularmente largo, giró parcialmente su cara hacia mi posición, entonces pude vislumbrar su rostro durante unos instantes.
Sus facciones se habían contorsionado hasta el punto de no parecer humanas en absoluto, y su pequeña mandíbula se había ensanchado, dislocado y deformado, dando paso a unas fauces verdaderamente aterradoras.

Había sangre por todas partes.
Trozos de piel y músculo se esparcían sobre el cadáver de mi mujer, sobre la butaca y sobre el parqué, haciendo aún más tétrica la situación que en aquellos momentos estaba viviendo, sin poder creerlo, sin querer creerlo.

En la habitación reinaba un silencio sepulcral, tan sólo roto por los aberrantes sonidos que producía el Diablo al despedazar y masticar los trozos que arrancaba de su víctima, la mujer a la que juré amar hasta el fin de mis días, de nuestros días…
Y ahora se encontraba allí, con el pecho completamente en carne viva, siendo devorada por la criatura a la que había dado a luz hacía menos de una semana.

lunes 19 de octubre de 2009

"Edward Francis Gillen" (Parte III)


Mis sollozos se hacían cada vez mas audibles, mientras las lágrimas brotaban y brotaban sin descanso, impregnándose en los camales del pantalón, mezclándose con la orina que previamente los había bañado. Gemía y gemía cada vez más fuerte, los llantos retumbaban en cada pared de la habitación, en cada rincón de la casa.
Gritaba de horror, gritaba de pánico, gritaba de frustración.
Cada grito desgarraba mi garganta, la hacía arder, como si me estuviesen obligando a tragar hierros candentes.

Y lloraba, lloraba sin cesar.

Me aferraba ambas piernas con las manos, clavando los dedos y las uñas sobre ellas, desgarrándome la piel. Intenté tranquilizarme, recuperar la compostura, tratar de serenarme antes de que Lillith volviese a casa y me encontrase en aquel estado tan deplorable. Montones de imágenes de momentos vividos se aglutinaban en mi cabeza, recuerdos de cuando vivía en aquel orfanato, cuando vivía en aquel infierno...
En un segundo, todas aquellas imágenes agolpadas en los límites de mi memoria se echaron a un lado, para dar paso a un recuerdo que había tardado años en enterrar en lo más profundo de mi subconsciente...
El peor recuerdo que conservo, y que, por más que lo desee con todas mis ganas, jamás podré olvidar. 

Y, mi mayor castigo, es que lo recuerdo como si todo hubiese sucedido ayer mismo.

Me encontraba en unos aseos públicos, sucios y mugrientos, infestados de cucarachas y de nidos de ratas. El ambiente era sofocante, un hedor horrible envolvía todos y cada uno de los rincones de la estancia, ruinosos y destrozados. En el rincón más alejado de la entrada, estaba yo, sentado en el suelo tras una esquina que me ocultaba completamente.
Aquel era el escondite perfecto.
O, al menos, eso creía.
Estaba recostado contra una pared, apretando mis manos contra el pecho mientras lloraba en silencio, de forma casi inaudible. Mi cabeza había sido rapada casi al cero por alguien que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, tenía montones de trasquilones, zonas irritadas y algún que otro corte sin desinfectar. Mis manos también mostraban símbolos de violencia, tenía las uñas completamente moradas, tres nudillos rotos y varias quemaduras de cigarrillo aun por cicatrizar.

Sin previo aviso, la puerta de entrada se abrió con violencia, provocando un fuerte estruendo al chocar contra la pared. Media docena de individuos con la cara borrosa entraron y se dirigieron directamente hacia el escondite, hacia mi escondite.
Me encontraron allí, tendido como un bebé.
Y no mostraron clemencia alguna al verme.

Todo lo contrario.

Dos de ellos se rieron de mí, siendo todo lo hirientes y humillantes que podían llegar a ser, otro me insultó de forma basta, soez y explícita, sin preocuparse por la edad que yo debía tener en aquel momento. El cuarto me escupió en la coronilla y golpeó con su mano abierta sobre ella, restregándome bruscamente la flema sobre la cabeza, mientras que el quinto abofeteó mis orejas con ambas manos varias veces, como si estuviese aplaudiendo sobre ellas.
El sexto, que hasta ahora se había limitado a mirar mientras terminaba de fumar su cigarrillo, me agarró de un brazo, me levantó y me zarandeó salvajemente, para después lanzarme directamente contra la pared. Reboté con fuerza contra ella, recibiendo un fuerte impacto en la nariz y en la frente, y, en mi trayecto hacia las frías losas que cubrían el suelo, alguno de ellos me golpeó con su rodilla en la mandíbula. Antes de terminar la caída, ya estaba inconsciente.

Lo recuerda usted también, ¿verdad, doctor Thomas?
Sí, seguro que lo recuerda. Debo de haberle descrito esta escena un millón de veces a lo largo de todas las sesiones en las que usted me trató como psicólogo.
Sobre todo, le intrigaba el hecho de que no pudiese recordar sus rostros, que apareciesen borrosos, que no hubiese manera de darles una forma definida.
Pues bien, en aquel momento, durante unos instantes, se volvieron parcialmente nítidos.
Pero no conseguí distinguir sus caras, no pude.
Porque pude distinguir cierto detalle en todos ellos, pude ver algo que todos ellos tenían en común.
Y aquello que vi me hizo volver a la realidad a una velocidad realmente escalofriante, abandonar aquel recuerdo lo más rápido posible.
Todos y cada uno de ellos tenían los ojos penetrantes de mi hijo.
Seis pares de ojos verdes, fríos como el hielo, que me miraban fijamente mientras disfrutaban con mi sufrimiento, con mi dolor.

Tiene gracia, ¿no?
Al fin y al cabo, siempre he pensado que aquel orfanato era el infierno y, fíjese, resulta que mi hijo es el Diablo, ni más ni menos.